El artículo defiende que la prohibición de los móviles en centros educativos mejora el aprendizaje, reduce conflictos y disminuye las agresiones, basándose en numerosos estudios y experiencias en distintos países.
El autor critica a quienes siguen negando la evidencia, argumentando que los móviles son una distracción constante y que la idea de “enseñar a usarlos” no soluciona el problema. Expone cómo, sin móviles, los estudiantes se concentran más, mejoran sus competencias y el ambiente en el aula es más tranquilo.
También señala que la prohibición ha demostrado reducir el bullying y mejorar los resultados académicos, aunque algunos insisten en descalificar estos datos. Con ironía, el autor cuestiona si realmente se necesitan más pruebas o simplemente un poco más de sentido común.
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